Mascota Segura 360

El perro que se queda solo en casa

Cuántas horas son demasiadas, cómo distinguir el aburrimiento de la ansiedad por separación de verdad, y qué funciona —y qué no— para arreglarlo.

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Un perro esperando sentado junto a la puerta de casa

Casi todo lo que se escribe sobre perros da por hecho que hay alguien en casa. La realidad española es otra: jornadas partidas, desplazamientos largos y pisos en los que el animal pasa solo el grueso del día. Este artículo va de eso, sin culpabilizar a nadie, porque la culpa no ha arreglado nunca a ningún perro.

Cuántas horas son demasiadas

No hay una cifra que valga para todos, pero sí hay referencias razonables: alrededor de cuatro o cinco horas seguidas para un perro adulto sano y acostumbrado; bastante menos para un cachorro, para un perro mayor o para uno con problemas de vejiga. Un cachorro de tres meses no aguanta una mañana entera, y no por falta de educación: no puede.

Conviene saber además que la Ley de Bienestar Animal fijó un límite legal para lo grave —dejar a un perro sin atención más de veinticuatro horas—, pero eso es un suelo penal, no una recomendación. Nadie debería usarlo como referencia de lo que está bien.

Lo que más importa no es el total de horas, es cómo están repartidas. Ocho horas partidas por la mitad con una salida de verdad no se parecen en nada a ocho horas seguidas, aunque el reloj diga lo mismo.

Aburrimiento y ansiedad no son lo mismo

Se confunden constantemente y llevan a soluciones opuestas. Merece la pena saber cuál de las dos tienes delante.

El aburrimiento es un perro con energía sin gastar. Destroza cosas, pero lo hace a lo largo del día y con cierta lógica: el zapato, el mando, la pata de la silla. Come si le dejas comida. Ladra a ratos. Cuando llegas está contento y ya está.

La ansiedad por separación es pánico. Y el pánico tiene una firma muy reconocible:

  • Empieza en los primeros quince o treinta minutos, casi siempre, y luego remite.
  • Se concentra en las vías de salida: la puerta, el marco, la ventana. Un perro que destroza el rodapié de la entrada y no toca el resto de la casa no está aburrido.
  • Aparecen babeo, jadeo o temblores, y a veces pipí o caca de un animal que normalmente aguanta perfectamente.
  • No come nada en tu ausencia. Ni el premio bueno. Un perro que se come el hueso relleno en cuanto cierras la puerta no está en pánico.
  • Empieza antes de que te vayas: se pone nervioso cuando coges las llaves.

La forma de salir de dudas es grabarle. El móvil viejo apoyado en una estantería durante cuarenta minutos responde en una tarde a una pregunta que si no se arrastra durante meses.

Lo que no funciona

Vale la pena decirlo antes que lo demás, porque son las tres cosas que casi todo el mundo prueba primero:

Regañarle al volver. El perro no relaciona el destrozo de hace tres horas con tu enfado de ahora. Lo único que aprende es que a veces vuelves enfadado, lo que hace que esperar tu vuelta sea todavía más angustioso.

Coger otro perro para que le acompañe. A veces sale bien, y cuando sale bien es porque el problema era soledad, no ansiedad. Si el problema es ansiedad por separación —que es apego a ti, no a la compañía en general— acabas con dos perros y el mismo problema. No es una decisión que deba tomarse como remedio.

Cansarlo hasta reventarlo antes de salir. Ayuda con el aburrimiento y no hace casi nada con la ansiedad. Un perro agotado y en pánico sigue en pánico, solo que más cansado. Y a la larga un animal sobreentrenado sube su forma física y necesita cada vez más.

Lo que sí funciona

Quitar dramatismo a las salidas y a las llegadas. Ni despedida ni fiesta. Sales sin decir nada y al volver saludas cuando el perro ya se ha calmado, no antes. Es aburrido y es lo que más rinde.

Romper la asociación con las señales de marcha. Coge las llaves veinte veces al día y siéntate en el sofá. Ponte los zapatos y no salgas. Se trata de que las llaves dejen de significar «se va».

Salidas graduales, de verdad graduales. Sal y vuelve a los diez segundos. Luego treinta. Luego dos minutos. La regla es no pasar nunca del punto en el que el perro empieza a angustiarse: cada vez que le dejas entrar en pánico, retrocedes semanas. Esto es lento —se mide en semanas, no en días— y es la parte que más gente abandona.

Dejarle algo que hacer que le obligue a masticar. Un kong congelado, un hueso natural. Masticar baja el pulso; es fisiología, no distracción.

Y romper el día por la mitad. Aquí es donde deja de ser un problema de entrenamiento y pasa a ser un problema de logística: la mayoría de los perros que lo pasan mal solos mejoran muchísimo simplemente porque a las dos de la tarde alguien abre la puerta. Un paseo a media jornada convierte ocho horas seguidas en dos tramos de cuatro. Y si el perro es sociable y el problema es más de soledad que de apego, una guardería canina unos días por semana cambia la ecuación entera.

Cuándo esto se le queda grande a un artículo

Hay tres situaciones en las que no conviene seguir probando cosas por tu cuenta:

  1. El perro se hace daño. Uñas partidas en la puerta, dientes rotos, heridas de intentar salir por una ventana. Eso no es un problema de conducta que se resuelva con paciencia; necesita veterinario y, muy probablemente, un especialista en comportamiento.
  2. Ha aparecido de golpe en un perro que estaba bien. Un cambio repentino suele ser dolor o una enfermedad antes que un problema emocional. Primero el veterinario.
  3. Llevas meses y no se mueve. Existe la medicación para estos casos, la receta un veterinario y no es rendirse: es lo que a veces permite que el entrenamiento empiece a funcionar.

Si acabas de adoptar

Cuidado con el espejismo de las dos primeras semanas. Muchos perros recién llegados no dan ningún problema al quedarse solos, y no porque estén tranquilos, sino porque todavía están apagados. Cuando se sueltan —a las dos o tres semanas— es cuando aparece de verdad cómo llevan la soledad.

Por eso conviene empezar a practicar las ausencias cortas desde el principio, aunque parezca que no hace falta. Está contado con más detalle en la primera semana con un perro adoptado.

Lo que hay que quedarse

Un perro que se queda solo ocho horas no es un perro maltratado, y un perro que destroza la puerta no es un perro malo. Son dos problemas distintos con dos soluciones distintas, y confundirlos es lo que hace que la gente lleve años sin arreglar ninguno.

Averigua cuál de los dos tienes —con un móvil y cuarenta minutos de vídeo—, y luego actúa en consecuencia. Uno se arregla gastando energía. El otro, con paciencia muy lenta y, casi siempre, con alguien que abra la puerta a media tarde.